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Soledad, la mayor de las torturas



Aunque soy de los que hablan hasta aburrirte.

Aunque soy de los que necesita ruido.

Aunque soy de los que si hay silencio lo rellena hablando de sí mismo.


Hay momentos del día en los que me sobras tú.

Y todos.


Quiero estar solo.


Con mi monte.

Con mi ejercicio.

Con mi lectura.

Con mis fotos.

Con mis palabras.


Sin testigos.

Sin conversación.

Sin explicación.


Solo.


Y no es postureo.

No es “me voy a encontrar a mí mismo”.


Es necesidad.

Es vaciar ruido.

Es bajarle el volumen al mundo.


Una vez escribí que la soledad es la mayor de las torturas.

Lo sigo pensando.


La soledad impuesta es un puto abismo.

Es hablarle a la pared.


Es fingir al sol y llorar con la luna.


Eso no es romántico.

Eso es duro.


Pero estar solo un rato para tocarte las pelotas…

Eso es higiene mental.

Eso es mantenimiento.

Eso es apagar el mundo antes de que el mundo te apague a ti.


Hay gente que prefiere estar sola siempre.

Ole por ellos.

Yo no podría.

A mí me gusta hablar.

Me gusta contar.

Me gusta escucharme.


Y desde pequeño me ha dado por acercarme a la gente que parecía estar sola.

Aún lo hago.

Y sí.

Hablo de mí.

Porque si no hablo de mí, me aburro.

Pero hablo.


No por pena.

No por salvar a nadie.

Por compartir.

Y compartir es lo contrario de soledad.

Soledad suena a eco.

Compartir suena a mesa larga.


Y aquí viene el golpe.


Este mes, hasta el 11 de abril, en la academia vamos a fotografiar la soledad.

Con dos cojones.


No una foto suelta triste en blanco y negro.

No una silueta mirando al horizonte.

No un banco vacío al atardecer.

Eso ya está muy visto.


Vamos a hacer una serie.

Cinco.

Diez imágenes.

Narrativa.

Secuencia.

Proceso.

Transformación.


Porque la soledad no es una imagen.

Es un estado que se mueve.


Que cambia.

Que se transforma.


No es lo mismo estar solo por elección

que estar solo porque nadie viene.


No es lo mismo silencio

que abandono.


Y quiero ver eso.


Quiero ver quién se atreve a mirarse cuando no hay aplauso.

Quiero ver quién fotografía el vacío sin disfrazarlo.

Quiero ver quién se moja.

Porque fotografiar la soledad no va de estética.

Va de honestidad.


Y eso no es cómodo.





 
 
 

2 comentarios

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Hay algo curioso en lo que dices: la soledad cambia completamente de cara dependiendo de quién tenga el control.

Cuando te la imponen, pesa. Se vuelve un eco raro en la cabeza, como hablar y que nadie conteste.

Pero cuando la eliges… ya no es soledad. Es pausa.

Es ese momento en el que uno baja el volumen del mundo porque el mundo lleva horas gritando. No para huir de la gente, sino para volver a ella con la cabeza un poco más limpia.

Y creo que ahí está la clave que mencionas: no es lo mismo silencio que abandono.

El silencio elegido ordena. El abandono rompe.

Por eso tiene sentido que alguien que disfruta hablando, contando y compartiendo también necesite…

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Mónica
9 mar.
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Muy bien reflejados los diferentes conceptos, tipos o momentos de soledad.

"Es un estado que se mueve...", creo que esto resume todo.

Porque la soledad es voluble, y lo es en cualquiera de sus estados.

La "elegida" parece la mejor, pero también tiene un alto precio.

Da para una tesis esto de la soledad.

No es fácil exponerla o contarla a través de fotografías.

Veremos...

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