Cincuenta tacos. Con dos cojones.

Hoy me he levantado a las cinco y cuarto.
Cuarenta y cinco minutos antes de lo normal.
Todo un machote.
He dado un salto mortal, como David Summers, y me he ido a la montaña a hacer el animal.
Con dos cojones.
He hecho setecientas flexiones a una mano.
Y dos mil sentadillas con salto
Después de una hora de sudores asiáticos, me he ido a nadar.
Porque sufrir en tierra me parecía poco.
Ya en casa,
desayuno de los putos campeones.
De los de medalla de oro e himno nacional.
Batido de proteína con yogur griego.
Dos plátanos filipinos.
Y agua del grifo.
Dos tostadas de pan francés.
Jamón ibérico.
Aceite de Jaén.
Café solo.
Vietnamita, por supuesto.
Y un pastelito de Macao que me ha dado mi vecina.
Después de tan buen yantar, he cumplido cincuenta tacos.
He soplado las migas
Y me he felicitado.
Con dos cojones.
Sin discurso de superación.
Sin decir que los cincuenta son los nuevos treinta.
Son cincuenta.
Y aquí estoy.
Sudado, desayunado
y bastante contento de seguir dando por culo.
También he mandado un beso al cielo.
Uno de los gordos.
De los sonoros.
De los que da gusto dar y escuchar.
Para mi madre.
Porque hoy cumplo años yo.
Pero el curro se lo pegó ella.
Un besote, mamá.


Me ha gustado mucho porque empieza con ese tono de exageración, humor y chulería tan tuyo, casi como si fuera una parodia del discurso de “vida sana y superación”, y poco a poco va dejando ver que en realidad hay bastante más debajo.
Lo de cumplir cincuenta sin necesidad de disfrazarlo de “los nuevos treinta” me parece especialmente bueno. Hay algo muy honesto en aceptar la edad tal cual viene, sin convertirla ni en drama ni en hazaña. Simplemente cincuenta, seguir aquí, seguir haciendo cosas, seguir disfrutando y seguir dando por culo, que tampoco es poco.
Y el final cambia por completo el tono sin romperlo. Después de tanta broma, acabar acordándote de tu madre y diciendo que el cumpleaños…