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UN GILIPOLLAS ME DIJO QUE VENDER ERA FACIL

Llevo casi dos semanas sin escribir.


Estoy leyendo.


Entre ayer y hoy me he chupado La metamorfosis, de Kafka,

y acabo de empezar Factotum, de Bukowski.


Pues bien, leyendo a este último,

me he acordado de otro curro de mierda que tuve.


Vendía tarjetas de crédito en la estación de Atocha.


Con dos cojones

y sin ninguna gana de hacerlo.


El curro era ese.


Esperar en la puerta del AVE

a quien entrase o saliese

para decirle que la tarjeta de crédito que le ofrecía

era la mejor del mundo.


Que si puntos.

Que si mantenimiento ridículo.

Que si el puto futuro del pago.


Voy a ser sincero.


Estuve tres días

y no vendí ninguna.


Me la sudó tanto

como las cosas que más me la sudan.


El encargado era otro gilipollas

con el que me crucé en la vida.


Quizá, conociéndolo bien,

me habría tomado unas cervezas con él.


Pero en el curro era un gilipollas

por una razón muy sencilla:


su curro también era una mierda.


Me recordó que llevaba tres días

y que aún no había vendido una mierda.


Y que había una chica muy guapa en mi equipo

que todos los días vendía más de diez.


Con dos cojones.


Le dije que quizá tendría que buscar mi propia estrategia.

Que no me sentía cómodo abordando a la gente.


Entonces me dijo que empezase con mi familia.


Me preguntó cuántos hermanos tenía.


Tres.


Rápido hizo el cálculo.


Tres hermanos,

mi madre,

mi padre.


Cinco tarjetas de crédito.


Me preguntó por novia.


Entonces yo estaba enamorado de una chica.


Ya eran seis tarjetas.


Más cuatro amigos cercanos.


Diez tarjetas de crédito vendidas en una tarde.


Y acabó diciendo:


Ves como vender es fácil.


Entonces le pregunté por su madre.


Se llamaba María.


Le pregunté por sus hermanos.

Por su padre.

Por su mujer.


Le dije que si les vendía una tarjeta a cada uno de ellos,

ya tendría veinte en una tarde.


Y que no solo les iba a vender una tarjeta.


Que en cuanto me fuera de aquel curro de mierda,

que iba a ser en ese mismo momento,

y me pusiera a vender enciclopedias,


le llamaría a él,

a su madre María,

a sus hermanos,

a su padre,

a su mujer

y a toda su puta familia


para que me comprasen una.


Porque vender era facilísimo.


Con dos cojones.

 
 
 

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