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Tu casa te conoce mejor que tú a ella

hace 3 horas
3 min de lectura


Estoy bastante cansado de la fotografía que necesita un avión para sentirse importante.

Del viaje.

Del destino.

De la montaña perfecta.

De la calle exótica.

Del señor con sombrero en un país que no es el tuyo.


Como si la mirada empezara cuando sales de tu código postal.

Como si para hacer una foto de verdad hubiera que cruzar medio mundo, cambiar

de idioma y volver con una tarjeta llena de pruebas de que estuviste allí.


No digo que viajar esté mal.

No me jodas.

Viajar está bien.


Pero la fotografía no empieza en el aeropuerto.


Empieza mucho antes.

Empieza en la mesa donde desayunas.

En la silla que nadie mueve.

En la cama deshecha.


En la luz que entra siempre por la misma ventana.

En ese vaso que lleva tres días en la mesita y que, por algún motivo, nadie recoge.

Ahí también hay una fotografía.

Aunque la tengas tan delante que ya ni la veas.


El problema de lo cercano es que no impresiona.

No grita.

No parece tema.


La casa parece poca cosa.

Tu calle parece poca cosa.

Tu madre sentada en el sofá parece poca cosa.

Tu pareja lavándose los dientes parece poca cosa.

Tus objetos, tus cajones, tus esquinas, tus rutinas.

Todo eso parece demasiado normal.

Y por eso mismo es difícil.


Porque lo lejano te lo da medio hecho.

Llegas a un sitio nuevo y todo parece fotografiable.

La luz.

Los carteles.

Las caras.

Los colores.

Hasta una persiana rota parece una revelación.


Pero tu casa no.


Tu casa te exige más.

Tu casa no se disfraza para ti.

Tu casa te conoce más que tú a tu a ella.

Y eso jode.


Fotografiar lo cercano no es hacer fotos bonitas de tu salón.

No va de poner una taza junto a una ventana y fingir que has descubierto la melancolía.


Va de mirar de verdad.


De aguantar la incomodidad de lo conocido.

De preguntarte por qué ciertas cosas siguen ahí.


Por qué no tiras ese objeto.

Por qué esa habitación pesa.

Por qué esa luz te recuerda a alguien.

Por qué hay lugares de tu propia casa que evitas fotografiar.


Lo íntimo no siempre es suave.


A veces es una herida pequeña.

A veces es una ausencia.

A veces es un calcetín en el suelo.

A veces es una puerta cerrada.

A veces es una foto mala que, por algún motivo, duele más que una foto perfecta.


Hay gente que dice:

“Es que aquí no hay nada.”

Mentira.


Lo que pasa es que ya no miras.

Te acostumbraste.

Y cuando uno se acostumbra, deja de ver.


Pero la fotografía sirve precisamente para eso:

para romper la costumbre.

Para mirar otra vez lo que dabas por visto.

Para descubrir que tu vida cotidiana también tiene forma, tensión, memoria y misterio.


No hace falta irse lejos.

Hace falta quedarse un poco más.

Mirar un poco mejor.

Tener menos prisa.

Y dejar de despreciar lo que tienes delante solo porque no parece espectacular.

A mí cada vez me interesa menos la foto que presume.

La foto que viene diciendo:

“Mira dónde estuve.”


Me interesa más la foto que susurra:

“Mira lo que no quería mirar.”

Ahí empieza otra cosa.


Una fotografía menos turística.

Menos ansiosa.

Menos pendiente del aplauso.

Más cercana.

Más torpe quizá.

Más verdadera.


Fotografiar la casa, el cuerpo, los vínculos, los objetos y la memoria no es un plan menor.

Es meterse en terreno delicado.

Es mirar alrededor y aceptar que lo íntimo también puede ser brutal.

Y que lo cercano, si lo miras bien, no tiene nada de pequeño.




 
 
 

1 comentario

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Enrique Murciano
Enrique Murciano
hace 11 minutos

Me ha gustado mucho cómo planteas que la fotografía no depende de lo extraordinario, sino de la capacidad de mirar de verdad. Hay una idea muy potente en eso de que lo cercano muchas veces cuesta más precisamente porque estamos demasiado acostumbrados a verlo y dejamos de prestarle atención. Viajar puede darte escenarios nuevos, estímulos y situaciones que ya parecen interesantes de entrada, pero fotografiar lo cotidiano exige bastante más de uno mismo: atención, sensibilidad, memoria y hasta cierta valentía para mirar cosas que normalmente pasamos por alto.

También me parece muy acertado cómo desmontas esa idea de que lo importante siempre está fuera, lejos o en un lugar exótico. A veces una habitación, un objeto, una rutina o incluso…

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