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Me ha parido la galga


Estábamos en un entierro.

En mi pueblo. Ciempozuelos.


El abuelo de un colega en la caja.

El cura haciendo su trabajo.

La familia cumpliendo con el llanto.


Ese puto silencio solemne que se puede cortar con un cuchillo.


Respeto.

Tradición.

La coreografía entera de la muerte bien hecha.


Y de repente, un paisano.

A grito pelao.

Con volumen de vender melones en el mercado.


Que le ha parido la galga.

Que si quiero un galguito.

Me dice. A mí


En mitad del puto entierro.

Con eco.

Con dos cojones.


Que me den por culo si yo había escuchado alguna vez la palabra galga.

Y que me den por culo otra vez si yo quería un puto galguito.

Y que me den por culo mil veces si me esperaba esa pregunta allí, entre el cura, la caja y el llanto.


Me dio por reir

Con todos mis repetos,

pero me reí


Mientras unos lloran a un muerto, una galga está pariendo vida en un corral.

Y eso, para ese hombre,

era la única puta noticia que importaba.


Más que Dios.

Más que la muerte.

Más que todos nosotros.

 
 
 

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Miguel, esta entrada me parece buenísima porque tiene justo esa mezcla imposible entre respeto, absurdo y verdad de pueblo. Estás en mitad de un entierro, con todo el ritual serio de la muerte, y aparece un paisano gritando lo de la galga como si acabara de anunciarse el fin del mundo.

La escena es brutal porque rompe por completo la solemnidad, pero al mismo tiempo tiene algo muy verdadero: mientras unos están despidiendo a alguien, en otro sitio una galga está pariendo y la vida sigue a lo suyo, sin pedir permiso ni guardar silencio.

Me ha hecho mucha gracia, pero también me parece que debajo del chiste hay algo bonito. La muerte, la vida, el cura, la caja, el…

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