Fotografiar la locura (o intentar hacerlo)
- Miguelitor

- 4 mar
- 3 min de lectura









Estoy intentando fotografiar la locura.
No sé exactamente qué es.
No sé exactamente cómo se ve.
Pero siento que no tiene que ver con poner cara rara.
La distorsión del espacio ya genera inestabilidad.
Eso lo he comprobado.
Mi cara —aunque sea el más guapo del mundo, de toda la pura vida— genera incomodidad cuando la acerco demasiado.
Invado el espacio del espectador.
Lo fuerzo.
Lo incomodo.
¿Eso es locura?
No lo sé.
No quiero hacer una secuencia de expresiones.
No estoy para gilipolleces.
Una progresión psicológica tendría sentido.
Pero tampoco sé si quiero teatralizar nada.
Lo que he hecho hasta ahora es intenso, raro.
Pero no tiene dirección clara.
Y la intensidad sin dirección es solo ruido.
¿Qué estoy buscando?
¿Confusión?
¿Paranoia?
¿Desdoblamiento?
¿Pérdida de identidad?
¿Saturación mental?
Cada una de esas cosas debería construirse de manera distinta.
Lo que he hecho hasta ahora parece más una variación gestual que una transformación real.
Y eso me molesta.
No quiero cambiar la cara.
Quiero cambiar la estructura.
La locura no como gesto, sino como desajuste
Empiezo a pensar que la locura no está en el sujeto.
Está en el espacio.
Si yo mantengo una expresión neutra
y es el mundo el que pierde su eje,
entonces aparece algo más interesante.
No planteo que el sujeto cambie.
Planteo que el mundo se reorganice.
Que el centro deje de ser fijo.
Pérdida del centro
Empiezo a imaginarlo así:
Imagen 1:
Panorámica que empieza desde la izquierda.
Aparezco en el lado izquierdo.
El espacio respira.
Imagen 2:
La panorámica comienza en otro punto.
Ahora estoy desplazado.
Algo ya no encaja igual.
Imagen 3:
El encuadre arranca desde el extremo contrario.
Aparezco en el borde.
El centro ya no es mío.
No hay gestos exagerados.
No hay caras de imbécil.
Mi expresión es neutra.
El mundo es el que se desajusta.
Eso es más inquietante.
La simultaneidad
Lo que más me interesa no es la secuencia lineal.
Es unir las panorámicas en un solo encuadre.
Que los tres estados coexistan.
No antes y después.
Sino a la vez.
Tres posiciones.
Tres centros posibles.
Ninguno definitivo.
Ahí hay algo conceptual fuerte.
El espacio panorámico como campo mental.
Al cambiar el punto de partida, el mundo se reorganiza.
Yo aparezco en distintas zonas.
Eso significa que el centro ya no es fijo.
Y si el centro no es fijo,
¿dónde estoy yo?
¿Y si no es locura?
¿Y si es simplemente pérdida de referencia?
Quizá no necesito deformar mi rostro.
Quizá necesito sostener la mirada.
Neutra.
Directa.
Sin dramatismo.
La tensión no está en el gesto.
Está en la colocación.
¿Dónde está la tensión?
La tensión aparece cuando:
El espacio parece estable, pero no lo es.
El sujeto no cambia, pero su posición sí.
El espectador no sabe dónde fijar el centro.
La locura como desajuste espacial.
Como desplazamiento gradual.
Primero estoy en la izquierda.
Luego en el centro.
Luego en la derecha.
Inicio.
Desarrollo.
Final.
¿Y si hay una cuarta imagen?
Ya no estoy.
El espacio queda vacío.
Eso sería demoledor.
Afinar la intención
Si gesticulo, mato el concepto.
Si exagero, lo trivializo.
La fuerza está en la contención.
En repetir con variación mínima.
En mantener la unidad de espacio.
En dejar que el mundo pierda su eje mientras yo permanezco aparentemente estable.
Quizá la locura no es una explosión.
Quizá es un desplazamiento casi imperceptible.
Y quizá lo que estoy fotografiando no es la locura.
Sino la pérdida del centro.

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