ESTUVE UNA PUTA SEMANA VENDIENDO SUSCRIPCIONES A LA REVISTA DE LA GUARDIA CIVIL
- Miguelitor

- hace 4 horas
- 2 min de lectura
Son las 5:20 de la mañana
café con hielo, pantalones cortos y en breve a entrenar
pero antes de hacer el animal
me he vuelto a acordar de otro curro de mierda.
Vendí suscripciones de la revista de la Guardia Civil
por teléfono.
Con dos cojones.
El curro era una mierda,
pero había aire acondicionado.
Algo es algo.
Iba en autobús desde Ciempozuelos
hasta la parada del 12 de Octubre.
La oficina estaba por allí.
Como una enfermedad.
El primer día te explicaban el trabajo en tres minutos.
Mala señal.
Te daban una guía de teléfonos de Sabadell
y a llamar.
Número por número.
El objetivo era sencillo:
vender suscripciones.
Cuantas más vendías,
más ganabas.
El sueldo mínimo era tan mínimo
que no existía.
Comisión pura.
Esclavitud con ventilador.
Y empezabas.
Yo tengo labia.
Lo sé.
Pero una cosa es hablar
y otra vender una suscripción
a la revista de la Guardia Civil.
Que me den por culo dos veces ahora mismo
si yo sabía que existía
una revista de la Guardia Civil.
Que me den por culo inmediatamente después
si sabía que encima había que pagar por ella.
Que me vuelvan a dar por culo a la hora del postre
si pensaba que en Sabadell
alguien iba a estar interesado.
Y que me vuelvan a dar por culo
si vendí alguna.
Estuve una semana.
Una semana llamando a desconocidos
para venderles algo
que ni yo compraría
borracho.
No me disgustaba del todo.
Ser teleoperador tiene una ventaja:
no das la cara.
Nadie te reconoce.
Nadie sabe quién eres.
Eres una voz molesta
interrumpiendo la siesta.
Y menos los de Sabadell.
Me hacía gracia cómo contestaban.
A la gente se la sudaba la revista.
La Guardia Civil.
España.
Yo.
Todo.
Y con razón.
A la semana, el encargado me recordó
que no había vendido nada.
Como si me estuviera revelando
un misterio del universo.
Le dije que era consciente.
Y le pregunté si él era consciente
de la mierda de artículo
que vendíamos.
Sonrió.
Claro que lo sabía.
También estaba allí.
También necesitaba dinero.
También respiraba aquella mierda
con aire acondicionado.
Le dije que no me esperase mañana.
Que a partir del día siguiente
iba a sacar a mi perro al campo
por la mañana.
Lo veía más digno.
Más útil.
Más rentable.
El perro al menos cagaba algo real.
Con dos cojones.

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