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ESTUVE UNA PUTA SEMANA VENDIENDO SUSCRIPCIONES A LA REVISTA DE LA GUARDIA CIVIL

Son las 5:20 de la mañana

café con hielo, pantalones cortos y en breve a entrenar

pero antes de hacer el animal

me he vuelto a acordar de otro curro de mierda.


Vendí suscripciones de la revista de la Guardia Civil

por teléfono.


Con dos cojones.


El curro era una mierda,

pero había aire acondicionado.


Algo es algo.


Iba en autobús desde Ciempozuelos

hasta la parada del 12 de Octubre.

La oficina estaba por allí.

Como una enfermedad.


El primer día te explicaban el trabajo en tres minutos.

Mala señal.


Te daban una guía de teléfonos de Sabadell

y a llamar.

Número por número.


El objetivo era sencillo:

vender suscripciones.


Cuantas más vendías,

más ganabas.


El sueldo mínimo era tan mínimo

que no existía.

Comisión pura.

Esclavitud con ventilador.

Y empezabas.


Yo tengo labia.

Lo sé.


Pero una cosa es hablar

y otra vender una suscripción

a la revista de la Guardia Civil.


Que me den por culo dos veces ahora mismo

si yo sabía que existía

una revista de la Guardia Civil.


Que me den por culo inmediatamente después

si sabía que encima había que pagar por ella.


Que me vuelvan a dar por culo a la hora del postre

si pensaba que en Sabadell

alguien iba a estar interesado.


Y que me vuelvan a dar por culo

si vendí alguna.


Estuve una semana.


Una semana llamando a desconocidos

para venderles algo

que ni yo compraría

borracho.


No me disgustaba del todo.

Ser teleoperador tiene una ventaja:

no das la cara.


Nadie te reconoce.

Nadie sabe quién eres.

Eres una voz molesta

interrumpiendo la siesta.


Y menos los de Sabadell.


Me hacía gracia cómo contestaban.


A la gente se la sudaba la revista.

La Guardia Civil.

España.

Yo.

Todo.


Y con razón.


A la semana, el encargado me recordó

que no había vendido nada.

Como si me estuviera revelando

un misterio del universo.

Le dije que era consciente.

Y le pregunté si él era consciente

de la mierda de artículo

que vendíamos.


Sonrió.


Claro que lo sabía.

También estaba allí.

También necesitaba dinero.

También respiraba aquella mierda

con aire acondicionado.


Le dije que no me esperase mañana.


Que a partir del día siguiente

iba a sacar a mi perro al campo

por la mañana.


Lo veía más digno.

Más útil.

Más rentable.


El perro al menos cagaba algo real.


Con dos cojones.

 
 
 

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