Era hermoso y rubio como la cerveza
- Miguelitor

- 26 mar
- 1 Min. de lectura

Comprar carne en Hong Kong es una puta excursión financiera.
En el pueblo,
pedías dos filetes y nadie llamaba al banco.
Aquí, cada chuleta equivale a dos cabras
Si te paras a pensar, no comes.
Y ese día me vine arriba.
Un par de filetes de aquí.
Otro de allá.
Como si el dinero me saliera del culo.
Hasta que llegas a la caja.
Y la puta máquina escupe un número que no entiendes.
El sudor frío.
Miro el ticket.
Miro al tendero.
No.
La máquina no está mal.
El que está mal soy yo.
NO LLEGO.
Detrás, un chaval.
Era hermoso y rubio
Como la cerveza.
Australiano, fijo.
Olor a barbacoa y a no tener que mirar el puto precio nunca.
El tío ve el numerito en que yo estaba metido
Me mira.
Y me pregunta si necesito pasta.
Así.
Sin drama.
Sin mirarte por encima del hombro.
Con dos cojones
Como quien te ofrece un puto pañuelo.
Le dije que no.
Que pagaba con tarjeta.
Me sonrió.
Una sonrisa limpia. Sin juicio.
Pagué los 200 pavos de carne.
Y me fui.
Pero me quedé con el guantazo.
Con la sonrisa.
Sé que me habría dado el dinero.
No para quedar bien.
Lo vi en sus putos ojos.
Y ahí está la verdad.
La pasta no es tenerla.
La pasta es poder darla sin que te duela.
Sin pedir nada a cambio.
Ese puto gesto.
El segundo en que un desconocido decide no dejarte tirado en la mierda.
Eso no cotiza en la bolsa de Hong Kong.
Pero vale más que toda la puta carne del mundo.
Con dos cojones.

La simpleza de la humildad.
Alguien a quien quise mucho me decía siempre que con educación y con humildad se podía llegar donde uno se propusiera.
Tan importante es ese momento en el que simplemente "elegiste" como el del ofrecimiento del australiano.
Y qué interesante es eso de "darla sin que te duela", obviando la avaricia y quedándote con la "generosidad".
La generosidad ya es algo más caro quizás que aquella carne, o al menos, más escasa.
Y no hablamos de dinero....
Abrazo
Miguel, lo mejor de todo es que has ido a por carne… y has salido con una lección de vida envuelta al vacío.
Lo de los 200 pavos duele, sí… pero lo que jode de verdad es ese momento en caja en el que te replanteas hasta el filete que te comiste en 1998.
Y aparece el australiano, claro. Rubio, guapo, olor a parrilla… ese cabrón no mira precios, mira vacas y decide cuál le cae mejor.
Pero lo bueno no es que tenga pasta. Es que la suelta como quien te pasa la sal.
Ahí es donde uno se da cuenta de que ser rico no es pagar la carne… es no tener que hacer cuentas mientras la compras.