EL RECREO NUNCA TERMINA
- Miguelitor

- 29 jul
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A mí los gilipollas me gustan.
Lo supe desde el primer día.
Me hacen sentir más listo.
Casi superdotado.
Me hacen sonreír.
En el recreo de la escuela lo entendí.
Jugábamos al fútbol
hasta que llegaban los mayores.
Boleón a tu balón.
A tomar por culo.
Dueños del campo
por decreto.
Yo sonreía.
Sabía que eran gilipollas.
También estaban los del bocadillo.
Impuesto revolucionario escolar
El abusón.
Dueño de mi mortadela
Le dejaba que mordiese mi bocata
Sonriendo.
Sabiendo que era un gilipollas
Ni al del balón
ni al del bocata
le podías decir nada.
Porque el guantazo era rápido
y la cara de gilipollas
pasaba a ser la tuya.
Ahí aprendí algo.
El mundo es un recreo largo.
Siempre hay alguien que cree que el campo es suyo.
Siempre hay alguien que quiere tu bocadillo.
Y ni es ganar el partido
ni esconder tu bocata de chorizo
Es detectar al gilipollas.
Y no convertirte en uno.

Miguel, al final has resumido la vida adulta con un campo de fútbol y un bocadillo de mortadela. Cambian los patios, cambian los abusones y algunos incluso se ponen traje, pero siempre aparece alguien convencido de que el terreno le pertenece y de que tu bocata forma parte de sus derechos adquiridos.
Lo difícil no es reconocer al gilipollas cuando te manda el balón a tomar por culo o te cobra el impuesto revolucionario de chorizo. Lo difícil es no terminar imitándolo cuando, con los años, eres tú quien tiene un poco más de fuerza, autoridad o espacio para abusar.
Así que sí: los gilipollas sirven para algo. Nos proporcionan historias, nos hacen sentir más inteligentes y, con un poco…