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El diente de Lego


Ahora mismo estoy en el tren de vuelta de China.

Vengo del dentista.


Es la penúltima vez que le visito

por lo del puto diente.

La semana que viene

me ponen ya la maldita corona.


Hoy me han pegado un repaso

a mis amarillentos dientes

y a mi poca poblada cuanta bancaria.


La semana pasada fui

a ver el color definitivo de la corona.

El dentista me enseñó la muestra.

Y el color de mis piños

era el color de la cáscara de una cebolla


¡qué le den por culo al blanco esquimal!


Llegamos a un acuerdo.


Él me dejaba un color sonrisa

y yo le pagaba

Capitalismo dental.


Así que me dio cita para hoy.


Hora y media de tortura.

Una puta pistola escupiendo arena a presión

y ha borrado años de café

doritos y vida.


Un repaso en las encías que me ha dejado sangrando por dentro.


Pero aquí estoy.

En el puto tren.

Volviendo de China.


Con la sonrisa más limpia de lo que merezco.


Y con un diente de Lego.

Uno de esos de quita y pon.

Que me lo quite para comer y para dormir

y que me lo deje para que me lo vean los demás.


Sonrisa falsa

como las de las redes sociales


Va a ser gracioso.

Temporal, pero gracioso

hasta el lunes que viene.


La semana que viene me ponen la corona.

La de verdad.

La pieza de cerámica por la que he pagado un puto riñón.


Y entonces podré sonreír.

No como un actor.

Como un rey pobre que por fin tiene su corona.


Con dos cojones.

 
 
 

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