Cafeses
- Miguelitor

- 6 mar
- 2 min de lectura

Tengo un amigo al que las cosas, desgraciadamente, no le van muy bien.
Pero para cafés.
Los del bar.
Con dos cojones.
Tiene mérito que con 55 palos todavía no se haya hecho un puto café en su casa.
Y no porque no tenga cafetera.
Tiene.
Buena además.
Pero no se le pone de las pelotas usarla.
A él le gusta el café del bar.
El ambiente del bar.
El runrún de fondo.
El choque de platos.
El grito del camarero.
El soniquete de la leche hirviendo saliendo por el… por el piturro de la máquina.
Digo piturro porque no sé cómo se llama.
Y me la suda.
Aunque lo podría buscar.
Pero perdería la gracia.
No estoy aquí para enseñarle finanzas a nadie.
Él verá dónde se toma el café.
Como si se lo quiere tomar en Colombia con Juan Valdez en persona.
A mí qué.
Hoy me he tomado yo uno fuera.
Llovía como llueve en Hong Kong.
Cada gota era un cubo de agua con mala hostia.
Y ya estaba mojado hasta las pelotas.
Así que he pensado: mira, me meto aquí.
Una de esas cafeterías americanas.
Minimalistas.
Madera clara.
Baristas con barba perfecta.
Cafeses a cinco pavos.
De esos que te dejan sin dormir hasta finales de mes.
Y me he hecho un lío.
¿Pero cuántos putos cafeses hay ahora?
Sí, digo cafeses.
Porque me da la gana.
Yo soy de café solo.
Sin azúcar.
Negro. Directo.
Pero madre del amor hermoso.
Desde que no piso bares me he perdido un universo.
Antes conocía el cortado.
El expreso.
Y gracias.
Ahora te meten:
Leche de soja.
De avena.
De almendra.
De coco.
De unicornio si hace falta.
Cremas de cacahuete.
Vainillas imposibles.
Espumas con dibujitos que parecen tatuajes minimalistas.
Macchiatos.
Latte macchiatos.
Flat white.
Mocha.
Affogato.
Espresso tónico.
Que alguien me explique eso.
Dirty chai.
Ristretto.
Lungo.
Me ha extrañado no ver el carajillo del bar del pueblo.
Pero tampoco he preguntado.
No quería que me expulsaran por cateto.
Me preguntan:
—¿Cómo lo quieres?
Y les he dicho la verdad.
Sin dibujitos.
Sin leches raras.
Sin poesía líquida.
Solo.
Sin azúcar.
Y si estoy aquí no es por experiencia sensorial.
Es porque no me quería mojar más las pelotas.
Nada más.
Un saludo para mi amigo.
Tiene mérito eso de ir a tomar cafeses al bar todos los días.
No es el café.
Es el ritual.
Es el “aquí estoy”.
Es el ruido humano.
Es no estar solo en la cocina mirando una pared.
Quizá lo suyo no es economía.
Es supervivencia.
Y eso,
con dos cojones,
también cuenta.

Me he reído con lo de los “cafeses”, no te voy a engañar.
Porque es verdad que uno entra ahora en una cafetería moderna y parece que en vez de pedir un café está rellenando un formulario de la renta. Que si el origen del grano, que si la leche es de avena feliz o de almendra sostenible, que si el barista te mira como si fueras a catar un vino de 200 euros.
Y tú solo querías café.
Negro.
Que despierte.
Sin conferencia.
Lo de tu amigo, en el fondo, tiene más sentido del que parece. El café del bar nunca ha sido solo café. Es excusa. Es ruido humano. Es ese momento en el que uno se sienta…