CADA CARA DE UN PUTO COLOR
- Miguelitor

- 26 jul
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Que me muerdan las pelotas si se hacer el cubo de Rubik
De hecho,
que me las muerdan dos veces si sé como se escribe Rubik
Nunca he sabido hacerlo.
Y hasta hoy, me la sudaba con una fuerza considerable.
Pero hoy un crío me lo ha puesto delante.
Un niñato con la edad de mis cojones.
Me mira.
Sonríe.
Y empieza el concierto.
Clic.
Clic.
Clic.
Sus dedos no se mueven. VUELAN.
No están resolviendo un puzzle.
Están hablando un idioma que yo no entiendo.
Un parpadeo.
Y ya está.
Cada cara de un puto color.
El orden perfecto.
Y yo, un puto analfabeto.
No me ha mirado con pena.
Peor.
Me ha mirado con la puta normalidad de quien acaba de atarse un zapato.
Y ahí me ha jodido.
No es un truco.
Es un puto lenguaje.
Un sistema.
Una lógica que se me escapa.
Y ese cabrón la tiene en la punta de los dedos.
Que le jodan.
No es por el cubo. Me la suda el puto juguete.
Es por ese segundo.
Por ese puto instante en que un crío con granos en la cara te demuestra que hay un orden que tú no entiendes.
Y eso no se puede consentir.
Voy a reventar ese puto código.
Voy a aprender a hablar ese idioma de mierda.
Aunque sea lo último que haga.

Miguel, el cubo de Rubik tiene una habilidad extraordinaria: convertir a un adulto razonablemente funcional en un mono desconcertado delante de seis colores. Y lo peor no es no saber hacerlo. Lo peor es ver a un crío resolverlo con la misma naturalidad con la que tú buscas las llaves en el bolsillo.
Ese “clic, clic, clic” no era un juguete: era una humillación con sonido envolvente. El chaval no necesitó presumir ni explicarte nada. Le bastó con terminarlo, mirarte como quien acaba de cerrar una cremallera y devolverte el cubo con tu dignidad todavía desordenada.
Ahora bien, esto ya no va de aprender algoritmos. Va de orgullo, venganza y supervivencia generacional. Así que adelante: memoriza movimientos, revienta el código…