Alta cocina, baja acera
- Miguelitor

- 12 mar
- 2 Min. de lectura

Si hay algo que me gusta fotografiar en Hong Kong
son los cocineros sentados en el suelo.
En el puto suelo.
En el callejón.
Al lado de la basura.
Con dos cojones.
No tengo dos fotos.
Tengo material para un libro entero.
Siempre que salgo a caminar veo alguno.
Uniforme blanco.
Delantal.
Zuecos
Sentado en la acera absorbiendo ciudad.
Gérmenes.
Humo.
Grasa vieja.
Vida real.
Y luego vuelven dentro.
A emplatar delicadeza.
Ojo.
No critico al tipo.
Cada uno descansa donde puede.
Y en los restaurantes no hay descanso digno.
Hay turnos partidos.
Hay doce horas de pie.
Hay jefes con ego.
Clientes con hambre y con prisa.
Yo he currado en restaurantes.
Y es una mierda.
Empiezas temprano.
Acabas tarde.
Te prometen una cosa.
Te pagan otra.
Se queja el cliente.
Se queja el chef.
Se queja el manager.
Se queja el camarero.
Y al final el único que no se queja es el plato.
Porque el plato no habla.
A veces pienso que cada uno debería cenar en su puta casa.
Te haces lo que te gusta.
Te sirves lo que quieres.
Y si discutes, discutes con tu mujer.
No con TripAdvisor.
No con un chef que tira platos.
No con un cliente que cree que por pagar manda.
Cenar en casa es más barato.
Más saludable.
Y, siendo honestos, muchas veces más higiénico.
No solo porque haya cocineros fumando al lado del contenedor en callejones donde las ratas tienen código postal.
Sino porque he visto cocinas…
Que tienen más mierda que la parte trasera de un toro de lidia.
Y luego te hablan de “experiencia gastronómica”.
De “producto premium”.
De “concepto”.
Concepto mis cojones.
Por eso los fotografío.
No por humillar.
No por señalar.
Sino porque ahí está la verdad.
El chef estrella Michelin también se sienta en el suelo a mirar el móvil.
También suda.
También se rasca las pelotas.
También se sienta donde hay mierda.
La alta cocina empieza en la baja acera.
Y te digo una cosa.
Creo que el siguiente paso no es solo fotografiar a los cocineros descansando.
Es meter la cámara en ciertas cocinas.
Sin filtros.
Sin humo bonito.
Sin pinzas de acero inoxidable.
Fotografiar la grasa.
El suelo pegajoso.
El cubo que nadie quiere vaciar.
Y luego, al lado, el plato “gourmet” con su microbrote perfecto.
Eso sí sería una serie.
Eso sí sería punk.
Porque la gastronomía vende fantasía.
Pero yo prefiero fotografiar la trastienda.
Con dos cojones.

Hay algo muy honesto en lo que cuentas. Porque todos vemos el plato bonito cuando sale por la puerta de la cocina… pero casi nadie piensa en lo que pasa antes.
Doce horas de pie. Calor. Gritos. Prisa.Y un callejón donde sentarte cinco minutos para volver a respirar.
Ese cocinero sentado en el suelo no es una anécdota. Es casi un símbolo. El momento en que el tipo que dentro está haciendo platos delicados se convierte otra vez en persona.
Sin pinzas de acero. Sin espuma. Sin discurso gastronómico.
Solo un tío cansado mirando el móvil al lado de un contenedor.
Por eso entiendo que los fotografíes. No hay burla ahí. Hay realidad. Porque la cocina que se ve en…