YA HE VUELTO DE SHENZHEN
- Miguelitor

- 20 dic 2025
- 2 Min. de lectura

He estado en Shenzhen.
Dos noches.
Decenas de fotos.
Y un presupuesto serio para arreglarme los piños.
Me ha gustado.
Shenzhen está al lado de Hong Kong. Tan cerca que casi se rozan. Es una de las ciudades más tecnológicas del mundo… aunque muchas veces parecía que estaba en pleno medievo.
Eso te lo contaré en otra entrada.
Shenzhen tiene 18 millones de personas.
Con dos cojones.
Es como si media España viviera en tu portal.
Y lo malo no es eso.
Lo malo es que van todos con motos eléctricas.
Los pasos de peatones son, directamente, para los peatones con fe. Algunos hay. Pocos.
Yo conté a mi mujer y ella me contó a mí: dos.
Y ahora ni siquiera estamos allí.
He hecho alguna foto, sí.
Pero lo mejor de todo es que voy a impartir un taller allí.
Me ha gustado mucho Shenzhen.
Porque salir de tu zona de confort hace que mires las cosas con otros ojos.
Creo que de vez en cuando me voy a perder por ahí. Está cerca y me sale más barato que casi cualquier viaje.
Además, tengo que seguir con los piños.
Los piños me van a dar guerra.
Creo que tengo para un año.
Pero eso a ti te la suda, así que no cuento nada.
En Shenzhen hay occidentales, claro.
Pero me metí por ciertos barrios donde el único occidental era el del póster de Coca-Cola, que debía llevar allí unos veinte años.
Yo fui el primero en pisar esos callejones.
Y me sentí la más guapa del lugar.
Todos me miraban, sonreían y decían algo.
Vete tú a saber qué cojones dirían.
Eso me gusta.
Porque, por alguna extraña razón, me hace sentir fotógrafo.
Ir por ahí siendo —y pareciendo— completamente desconocido te da pie a fotografiar sin pedir permiso.
Tienes el santo derecho de fotografiar a aquel que te mira y te desnuda con la mirada.
Una señora salió con un pollo recién matado.
Sangraba el cuello, las plumas y hasta el brazo de la señora.
Me lo ofrecía.
No sé para qué.
No sé si me lo vendía, me lo regalaba o me quería meter el pollo en los piños.
Yo me reí.
Y le dije, en un castellano tan perfecto que me entendieron en China:
—¿Para qué coño quiero yo un pollo, alma de Dios?
Se rió ella, su vecino y hasta la madre que los parió.
Al reírse puse en duda los dentistas de allí.
Parecía que se lavaban la boca con dinamita.
En fin.
Ya os contaré.

Miguel, macho…
Dos noches en Shenzhen y ya tienes presupuesto dental como para hipotecarte un colmillo.
18 millones de personas y tú ahí, paseando los piños entre motos eléctricas como si fueras el Mesías del paso de peatones.
Lo del pollo recién degollado… eso es experiencia premium. En España te ofrecen romero para el cocido; allí te entregan la materia prima sangrando. Eso es atención al cliente y lo demás tonterías.
Me he imaginado perfectamente la escena: tú, el póster de Coca-Cola, y media Shenzhen mirándote como si fueses Brad Pitt versión consulta odontológica.
Y claro, sentirse fotógrafo es fácil cuando no sabes si te quieren vender un pollo, casarte con la hija o ponerle aparato a tus incisivos.
Eso…