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Todo lo que necesitamos del infierno. Capítulo 2: Vivir es entrenar

La vida para Duffy no se vive.

Se entrena.


Disciplina militar.

Disciplina deportiva.

Karate.

Sentadillas con 140 kilos.


...Y el sexo debería ser deporte olímpico.

Si lo fuera, él tendría el oro.

Con dos cojones.


Y tú estarías en el sofá, gordo e impotente, viéndolo por televisión.

Piénsalo.


La bici no es un hobby. Es purificación.

Es religión con ruedas de carbono.


Hay una escena que la veo perfecta.


El tipo, a 65 kilómetros por hora, cruza unas pistas de frontón para hacerse el chulo.

Levanta las manos.

Puños en alto.

Como si ganara una etapa del Tour.

Como si levantara la Champions.

Un flipado.


Competición constante contra sí mismo.

Ego alimentado con proteína.


Una vez se metió un hostiazo a esa velocidad.

Costillas rotas.

El cráneo abierto.


Estas cosas pasan cuando conviertes tu cuerpo en un altar.

La escena nos lleva al frontón.


Allí aparece el socio.

Enfadado.


Duffy la cagó en un juicio.

No han cobrado lo que tenían que cobrar.

Una pasta.


El socio habla de dinero.

Duffy dice que el juicio y el dinero se la sudan.


Pero cuando el otro menciona a su mujer y a su hijo…

Ahí cambia la respiración.

Ahí algo se tensa.

Eso huele a problema.

Efecto Netflix.


“Date la vuelta a la pista de frontón”, le dice su compañero.

Y tú ya sabes que no es una vuelta cualquiera.

Más efecto Netflix.


Ganas de ir al tercero.


Con dos cojones.

 
 
 

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Miguel, esta entrada tiene un punto muy cinematográfico. Al principio parece el retrato de un tipo obsesionado con la disciplina, el cuerpo, la competición y el ego, pero poco a poco se nota que debajo de esa fachada hay algo más frágil.

Me gusta cómo vas llevando al lector desde lo físico —la bici, el karate, las sentadillas, el golpe— hacia algo más emocional, cuando aparecen su mujer y su hijo. Ahí cambia todo. Es como si el personaje dejara de ser solo un “flipado” y empezara a oler a problema real.

Tiene mucho ritmo, mucha tensión y ese final deja ganas de seguir leyendo. Se nota ese “efecto Netflix” del que hablas.

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