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Todo lo que necesitamos del infierno. Capitulo 6. Cronómetros infalibles, suegros contorsionistas y una traición bancaria

Duffy está solo.


Autocaravana.

Carretera.

Sin plan.


Por primera vez en su vida no hay rutina.


No hay horarios.

No hay familia a la que disciplinar.

Hay una mezcla rara:


Tristeza por el derrumbe.

Euforia de libertad.


Una deriva.


Y cuando no sabe qué hacer…

Hace lo único que sabe hacer.


Medirse.


La milla

Encuentra una pista de atletismo.


De esas de ceniza.

Silencio.


Se pone un reto:

bajar de cuatro minutos y medio en la milla.


Aquí aparece otro fetiche:

Su cronómetro.

Para Duffy los números son verdad.

El tiempo no engaña.

“Eres lo que marcas”.


Corre.

Se vacía.

Se quema los pulmones.

No lo consigue.


Se queda a once segundos de los cinco minutos.

Fracaso.


Pero unos chavales afroamericanos que jugaban al baloncesto le aplauden.

Un aplauso pequeño.

Un chute mínimo para el ego.

Lo justo para no desmoronarse del todo.


Los suegros

Mientras corre, su cabeza se va al pasado.

Al suegro.

“El Manos”.

Masajista iluminado que decía curar todo tocando vértebras mágicas.

Charlatán.


Luego la suegra.


De ella solo se destacaba una virtud:

Podía ponerse las piernas detrás de la nuca.

Ese era su gran talento.

Grotesco.

Ridículo.


Y en medio de esos recuerdos aparece el contraste.


El sexo salvaje con Tish en la casa de sus padres.

Vida.

Fuego.


Ahora duerme en un gimnasio improvisado en el techo de una furgoneta.


Son sólo unas vacaciones, de momento

yo ya me huelo lo peor


El banco

Pero lo peor no es la milla.

No son los suegros.


Es el banco.


Va a sacar 1.500 dólares.


La cajera se pone incómoda.

Le explica, casi pidiendo perdón, que la cuenta está vacía.

Tish se adelantó.

Se lo llevó todo.


Pero no iba sola.


Iba con Jert.

El socio.

Ahí no duele el dinero.

Duele el orgullo.

Duele la traición.


Sin mujer.

Sin hijo.

Sin ahorros.


Y ahora sin socio.


Creo que el lector se lo huele

como se lo huele Duffy


El capítulo termina como un puñetazo seco.


Duffy quería controlarlo todo.


Tiempo.

Cuerpo.

Familia.

Dinero.


Y el mundo le acaba de demostrar que no controla nada.


Con dos cojones.

 
 
 

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