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Todo lo que necesitamos del infierno. Capitulo 3. Dientes rotos, budismo zen y el cuarto sofá del salón

El tercer capítulo arranca con olor a trampa.


Frontón.

Calor.

Expectación.


El socio de Duffy le ha preparado una encerrona psicológica.


Le planta delante a Tump.

Jugador profesional de baloncesto.

Afroamericano.

Físico hercúleo.

Esculpido como el suyo.


No es deporte.

Es choque de egos.


Empiezan a jugar.


La cosa se calienta.


Tump le mete un golpe.

Sangre.

Dos dientes menos.


Y aquí es donde ves quién es Duffy.


No para.

No se queja.

No reflexiona.


Responde.


Patada de kárate okinawense.

Seca.

Salvaje.


Tump al suelo.


Fin del partido.


El socio grita.

Le llama peligro público.

Mala persona.


A Duffy le da igual.


Para él la violencia es disciplina con otro uniforme.


Después del caos, hace lo de siempre.


Bici.


Dieciséis kilómetros.

Treinta por hora.

Constante.


Pedalea como quien se confiesa.


Y ahí entramos en su casa.

En su vida.

En el vacío.


Tish. Su mujer.


Sin trabajo.

Sin aficiones.

Con demasiado tiempo.


Compra un cuarto sofá para un salón donde viven tres personas.

Un cuarto sofá.

Eso ya lo dice todo.


La imaginas depilándose las cejas frente a un espejo enorme.


Apariencia.

Consumo.

Superficie.


Mientras tanto, el juicio perdido de 100.000 dólares por una lesión de hombro empieza a diluirse en el sudor.


Duffy se agarra al zen.

Cita a Lao-Tsé:


“Quienes se justifican a sí mismos jamás convencen”.

Pero lo usa mal.


Lo usa como excusa.

No tiene que justificar nada.


Ni el juicio perdido.

Ni la cara destrozada de Tump.

Ni su fracaso familiar.


Zen de gimnasio.


Espiritualidad de ego inflado.


El capítulo termina con él volviendo a casa.


La autocaravana está lista para las vacaciones familiares.

Debería oler a descanso.

Pero huele a encierro.

A viaje asfixiante.

A bomba lenta.


Y mientras mira su casa, su cabeza ya está en otro sitio.


En Marvella. La tipa que se folló en el capítulo 1


Efecto Netflix.


Yo ya quiero el cuarto.


Con dos cojones.


 
 
 

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Miguel, este tercer capítulo me parece de los que ya consolidan el tono de la lectura. No estás haciendo solo un resumen: estás leyendo al personaje por dentro. La escena del frontón funciona muy bien porque no la cuentas como un simple partido, sino como una pelea de egos, de cuerpos y de violencia contenida hasta que explota.

Me gusta especialmente cómo interpretas a Duffy: esa mezcla de disciplina, brutalidad, zen mal entendido y ego disfrazado de fortaleza. Lo de “zen de gimnasio” me parece una frase muy buena, porque resume perfectamente esa contradicción entre alguien que cita a Lao-Tsé pero vive sin paz ninguna.

Y el final con la autocaravana también deja una sensación muy potente: debería ser una…

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