Si lo que siento no está en el encuadre, estoy mintiendo
- Miguelitor

- hace 7 horas
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Voy a decir algo que jode un poco.
Muchas veces creo que estoy contando algo profundo.
Y el encuadre me deja en ridículo.
Digo que la foto va de soledad.
Y lleno el marco hasta arriba.
Digo que hablo de angustia.
Y compongo todo equilibradito, perfecto, respirable.
Digo que muestro vulnerabilidad.
Y disparo desde lejos, protegido, cómodo.
Muy valiente todo.
Luego miro la foto y algo no encaja.
Claro que no encaja.
Estoy diciendo una cosa
y encuadrando la contraria.
El encuadre no es estética.
Es postura.
Durante años pensé que encuadrar era organizar.
Compensar pesos.
Equilibrar masas.
Que todo “funcione”.
Muy técnico.
Muy correcto.
Muy muerto.
Ahora lo veo distinto.
El encuadre es una declaración emocional.
Si siento tensión, el encuadre tiene que tensarse.
Si siento caos, no puedo ordenar la escena como si estuviera decorando un catálogo.
Si siento aislamiento, el vacío tiene que pesar.
Si no, estoy maquillando lo que siento.
Y eso se nota.
Hay una pregunta que casi nunca me hago antes de disparar.
Y debería.
¿Lo que estoy sintiendo está presente en cómo estoy organizando el espacio?
No en el gesto del modelo.
No en la historia que me invento después.
En el espacio.
Porque el espacio también habla.
Y habla fuerte.
La distancia también es emoción.
Si me acerco demasiado cuando quiero hablar de fragilidad, quizá estoy imponiendo fuerza.
Si me alejo cuando la escena pide intimidad, estoy huyendo.
El encuadre revela mi posición frente a lo que fotografío.
Y muchas veces esa posición es más honesta que mi discurso.
En la academia trabajamos esto mucho.
No me interesa que alguien sepa la regla de los tercios.
Me interesa que sepa por qué coloca algo en un sitio y no en otro.
Qué está evitando.
Qué está exagerando.
Qué está protegiendo.
Porque el encuadre siempre delata.
Si estoy inseguro, me vuelvo rígido.
Si estoy confundido, pierdo el centro.
Si estoy conectado, la imagen respira distinto.
Eso no lo enseña ningún tutorial.
Últimamente hago algo simple.
Antes de disparar, paro.
Y me pregunto:
¿Qué coño estoy sintiendo aquí?
No qué quiero que el espectador sienta.
Qué siento yo.
Y entonces encuadro desde ahí.
A veces rompo la simetría.
A veces dejo demasiado aire.
A veces corto cabezas.
A veces me acerco más de lo que “debería”.
No para provocar.
Para ser coherente.
Porque cuando emoción y encuadre van en direcciones distintas, la foto será correcta.
Pero no será honesta.
Y a mí la corrección ya me aburre.
Prefiero una imagen incómoda
pero alineada.
La cámara no solo registra lo que veo.
Traduce cómo me posiciono frente a eso.
Y si esa traducción no es sincera,
estoy haciendo decoración.
No fotografía.
Con dos cojones.

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