top of page

Segunda noche después del implante

Segunda noche después del implante

y no puedo dormir.

Empiezo a ponerme nervioso.


La cara sigue hinchada.

La boca reseca.

Y la fiebre asoma ya por la calva.


37,5.

No es mucho.

Pero es justo lo suficiente para comerte el coco despacio.


Seguramente estar ayer todo el día

leyendo en el Kindle

y pegado al ordenador

no ayudó a mi visita a Morfeo.


A las doce me tomé la media pastilla

que sobró de ayer.

Ahora son las 2:40

y aquí estoy:


escuchando búhos,

a mi mujer roncar,

y empezando a estar hasta las pelotas.


Encima sé que hoy tampoco voy a trabajar.

Y jode.

No curras, no ganas.


Me daré un paseíto por la playa

y escribiré una nota de

“no puedo hablar”

para enseñársela a los conocidos

con los que me cruce

y me pregunten qué cojones me ha pasado en la cara.


Se la enseño

y sigo caminando.

No estoy yo para charlar.


Hace un rato me levanté

para ver si la hinchazón había bajado.


Unos cojones treinta y tres.

Sigo con cara de melón,

sin hablar

y sin comer.


Ayer me pasé todo el día

a base de batidos de plátano,

proteína, yogur

y harina de frutos secos.


Pensaba que me quitaría el hambre.

Mis cojones treinta y cuatro.


Pero no es el hambre lo que me preocupa.

No estoy desnutrido.

Eso seguro.


Es la fiebre.

Si va a más, ¿qué hago?

Si empieza a doler el implante, ¿qué hago?

¿Cuánto tiene que doler

para llamar a los sanitarios?


¿Podré dormir hoy?


No lo sé.

De momento sigo aquí.

Despierto.

Inflamado.

Pensando demasiado.


Otra noche punk.

Sin guitarras.

Con hielo en la cara

y la cabeza a mil.

 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page