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Mi brillante criterio inmobiliario


Recuerdo cuando medía la vida en bares.

Pensaba que una buena zona para vivir

era la que tenía un bar cerca.


Tonto el bolo.


Me daba igual la Renfe.

El polideportivo.

El supermercado.

La parada del metro.


Eso era decorado.


Yo lo único que miraba era:

¿hay un bar abajo?


Si lo había, aprobado.

Si no, barrio de mierda.


Así funcionaba mi brillante criterio inmobiliario.


Para mí un bar era sinónimo de diversión.

De escape.

De romper la rutina.

De anestesia rápida.


Yo no buscaba hogar.

Buscaba barra.


En esa época daba clases particulares en casas.

Y ojo, mis estudiantes vivían en casoplones.


Tres plantas.

Jardín.

Piscina.

Espacio que yo no podría pagar ni en nueve vidas.


Y yo, en lugar de pensar “qué casa más increíble”,

pensaba:


“¿Dónde coño está el bar más cercano?”


Si no me podían servir una jarra de cerveza que me bebía en nueve segundos,

esa zona no valía nada.


Así de simple.

Así de triste.


Ojo cómo cambian las cosas.

Sobre todo cuando llevas años sin beber alcohol.

Ahora los bares me la sudan.

Literal.


Ojalá no existieran.


Y cuando paso por delante de uno vacío,

miro las mesas.

Las saludo.

Sonrío.

Sin desearle mal a nadie.


Pero sonrío con cierta ironía.

Porque sé lo que era para mí ese sitio.

Y sé lo que ya no es.


Antes medía la vida por la distancia a la cerveza.

Ahora la mido por la distancia a mí mismo.

Antes necesitaba ruido.

Ahora necesito claridad.

Antes quería escapar.

Ahora quiero estar.


No escribo esto para dar lecciones.

Ni para ir de iluminado.


Lo escribo porque me acuerdo perfectamente del tipo que fui.

Y no lo juzgo.


Ni lo echo de menos.


Cómo cambian las prioridades.

Cómo cambia la mirada.

Cómo cambia el concepto de “buena zona”.


Ahora una buena zona es donde duermo tranquilo.

Donde no necesito anestesia.

Donde no necesito huir de nada.


Y eso no te lo da ningún puto bar.

 
 
 

1 comentario

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Enrique Murciano
Enrique Murciano
hace 7 horas

Muchos reescriben su pasado para parecer más listos de lo que eran. Tú no. Tú lo miras de frente y dices: “pues sí, así pensaba”.

Y lo curioso es que ese criterio inmobiliario que describes —medir el barrio por la distancia al bar— no era realmente sobre bares. Era sobre anestesia. Sobre tener una salida rápida cuando la cabeza empezaba a hacer ruido.

Lo interesante no es que dejaras de beber. Lo interesante es que cambió la medida.

Antes la vida se medía en metros hasta la cerveza. Ahora se mide en metros hasta la calma.

Y eso no es volverse santo ni iluminado. Es simplemente crecer lo suficiente como para no necesitar escapar todo el rato.

Además hay una…

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