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La Orden del Puño Cerrado Contra la Piscina del 87


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Mi hermano y yo dábamos mucha guerra en casa.

Demasiada.

Y mi madre estaba hasta los cojones de nosotros.


Así que decidió castigarnos.

Verano del 87.

Diez años tenía yo.

A la puta piscina.

Cada día.


Un castigo que suena a premio.

Pero era una mierda como un piano.


Primero, porque la piscina sin colegas

es Guantánamo con socorrista.

Y segundo, porque costaba pasta

y la teníamos que pagar nosotros


Yo siempre he sido un agarrao, de esos de puño cerrado.

Antes de soltar un duro, me arranco un brazo.

Teníamos las 50 pesetas que costaba la piscina, sí…

pero 50 pesetas todos los días ya era otra liga.


Así que empezamos a colarnos.

Con dos cojones.


A veces nos metíamos entre la marabunta:

una familia grande, un rebaño de críos,

tú te mezclabas y pa’ dentro. Uno más.


Otras veces esperábamos a que el taquillero

se fuera a mear.

Sprint.

Hostia puta, dentro.


Pero la mejor…

era nuestro agujero.


Un boquete en la valla, tapado por un seto,

invisible desde dentro.

El punto ciego perfecto.


Saltar, caer en el césped,

tirar la toalla al suelo

como si fueras el puto dueño del garito.

Con dos cojones.


Colarse en la piscina en los años 80

no era como colarse en Corea del Norte.

Era fácil si te lo proponías.


Mi madre creía que nos enseñaba a portarnos bien.

Se equivocaba de medio a medio.


Aquel verano nos enseñó algo mucho más importante.

Que todo sistema tiene un agujero en la valla.

Que siempre hay un ángulo muerto.

Un momento en que el vigilante mira para otro lado.


Y que la única regla que importa

es no pagar por lo que no has elegido.


Ese verano aprendimos a buscar la grieta.

A colarnos.

A mirar sin ser mirados.


Lo mejor que puedes hacer

cuando llevas una cámara encima.


El resto son gilipolleces.

 
 
 

1 comentario

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Enrique Murciano
Enrique Murciano
hace 4 horas
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A ver, lo de tu verano del 87 no fue un castigo: fue un curso intensivo de supervivencia urbana patrocinado por tu madre… sin querer.

Porque claro, ella pensó:“Los llevo a la piscina y que se queden tranquilos.”Y lo que consiguió fue crear dos ninjas low cost, expertos en infiltración, camuflaje y gestión avanzada del euro… bueno, de la peseta.

El pobre taquillero aún debe tener traumas. Iba a mear y al volver había dos críos más dentro que no había visto entrar.Y la familia de 14… que de repente eran 16.“Serán primos lejanos”.Pues sí: lejanísimos.

Pero lo mejor es ese agujero mítico, esa grieta en la realidad, vuestro pasaporte VIP al paraíso del cloro. Ni James Bond tuvo un acceso…

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