Crónica de un implante dental (o cómo acabar con cara de melón)
- Miguelitor

- 27 ene
- 3 Min. de lectura

Bueno.
Ya está hecho.
Ya me han metido en la boca lo que, dentro de cuatro meses, será la base de un diente nuevo.
Ahora mismo estoy jodido.
Tengo la cara como si me hubiera atropellado un balón medicinal lanzado por Dios con mala hostia.
Pero lo peor ha pasado.
O eso quiero creer.
Para ir al dentista yo cruzo una frontera.
En Hong Kong ir al dentista es dejar a tu mujer como fianza.
Yo con la mía discuto, claro, pero prefiero discutir con ella que verla embalsamada en recepción mientras termino de pagar una factura.
Así que paso inmigración, que está a una hora de mi casa, y cambio de planeta.
Hong Kong y Shenzhen no son dos ciudades:
son dos estados mentales.
La cita era a las 5:30 de la tarde.
Me jodió porque no hice nada en todo el día, esperando el momento.
Luego entendí por qué:
yo era el último.
No saben cuánto van a tardar, así que no hacen esperar a nadie más.
Si hablamos de paciencia, yo no tengo.
Durante el trayecto me leí medio libro de Bruno Dante, pero aun así quería entrar ya en quirófano y que acabaran conmigo.
Yo soy un bruto, pero cuando alguien me hurga por dentro me convierto en un niño pequeño con miedo.
La anestesia me duele más que una patada en los cojones.
Me pusieron tanta que pensé:
esto va a doler como el infierno.
Primero me arrancaron el diente de AliExpress que me habían puesto tres semanas antes y que me quedaba peor que un traje de bailarina en una boda gitana.
Y entonces empezaron a cavar.
Hacían palanca.
Fuerte.
A veces fallaban y el metal se estampaba contra mis incisivos inferiores.
—El que rompe paga —avisé.
Para el implante me taparon la cara con una lona gruesa, pesada, dejando solo un agujero para la boca.
Parecía que me iban a ejecutar.
No entendía por qué… hasta que encendieron las luces.
Madre mía.
Me freían los labios.
Usaban focos que solo había visto en puertos mercantes y estadios de fútbol.
Había una auxiliar que se reía por todo y comentaba en chino.
Estoy convencido de que se reía de mi cara.
Los demás hablaban en chino también.
Alguno se reía.
En un momento dado me agarré los cojones e hice un gesto de cambio de marcha.
Una reacción primitiva.
Obscena.
Pero sincera.
Se rieron más.
Yo me avergoncé.
Retiré la mano.
Sentí el peso de sus miradas donde no debían estar.
Estar ahí tirado, con la boca abierta, manos extrañas dentro y un idioma que no entiendes, te quita la dignidad.
La auxiliar me daba palmadas en el hombro y decía:
—Hello.
Solo hello.
Como si eso curara algo.
A veces me reía yo también.
Por agotamiento.
Les dije que iba a hacer fotos.
Que si pagaba por un diente quería pruebas.
Mi propia serie documental.
Ya me conocían de días anteriores.
Aceptaron.
Cada foto era una molestia más.
Cada risa suya, una razón más para no volver.
Cuando llegó el taladro me agarré a todo.
Taladrar mi boca debe de ser como torear un miura:
hay que insistir.
El sonido entraba directo al cerebro, sin pasar por la aduana.
Diez minutos de brocas.
Luego el tornillo.
Me quejé cuando sentí que aquello subía hacia el ojo.
Levanté la mano y solté un ruido animal.
Después sentí que me cosían.
Por alguna razón, mi narizota necesita más anestesia que mi boca, y notaba el cosquilleo del hilo.
Me quitaron la lona de la cara y el dentista, más bruto que yo, en vez de apretar el botón de la silla me empujó hacia delante.
Le miré de tal forma que entendió que, si lo repetía, los próximos implantes serían los suyos.
Lo entendió.
Me dieron un enjuague y me dijeron que no podía escupir.
Me quedé bloqueado.
Si no escupo, ¿qué hago con esto?, ¿lo adopto?
Había que inclinar la cabeza y dejarlo caer.
Me advirtieron que por la noche tampoco escupiera.
Les expliqué —con ayuda del traductor— que no escupo desde los trece años.
Que aún me quedan modales.
Me pusieron un diente provisional, lo limaron, radiografías, sonrisas, y fuera.
En casa había pollo asado.
Le pregunté a mi mujer si había entendido a dónde cojones había ido yo.
Comer eso me parecía volver a hacer la mili.
Pastillas.
Otra para dormir.
Nada.
Me despertaba cada media hora con la cara latiendo.
Fui al espejo y allí estaba:
cara de balonazo reglamentario.
Intenté sonreír.
Me dio risa.
Cogí la cámara y añadí otra foto a la colección.
Esto no ha terminado.



































































Miguel, hermano… esto ya no es un implante, es una saga épica.
Yo creo que en Shenzhen ya te tienen en un póster en la pared: “Cuidado: vuelve el guiri de los cojones expresivos”.
Lo de la lona en la cara con agujero para la boca es directamente Guantánamo Smile Edition.Y esos focos… no eran de dentista, eran para retransmitir tu sufrimiento en UHD por CCTV al resto de China.
La auxiliar riéndose en chino es lo que más me tranquiliza de todo: si se ríen es que no te están taladrando el cerebro… todavía.
El gesto de cambio de marcha agarrándote los huevos debería ser protocolo médico internacional. Eso no es obsceno: es biomecánica defensiva.
Lo de no escupir…
Simplemente genial. Pedazo de historia y par de narices para fotografiar y mostrarlo. Grande Miguel!