Aquí no sonríe nadie
- Miguelitor

- 9 feb
- 2 Min. de lectura

Bueno, pues nada.
Después de despertarme a las cuatro para ver al Real Madrid y confirmar
que el fútbol es una enfermedad crónica
sin tratamiento ni ganas,
me voy a China.
A las 6:20 ya voy de camino al dentista.
La vida moderna es esto.
A mí madrugar no me disgusta.
Me gusta estar despierto cuando otros
todavía no han empezado a arrepentirse del día.
Como Mike Tyson.
Pero sin dinero.
Voy en el barco y miro las caras de los que van a currar.
O a lo que sea que Dios les haya asignado hoy.
Me da igual.
Madre del amor hermoso.
Qué colección de caras.
Sueño.
Enfado.
Resignación.
El tipo que tengo al lado parece un pitbull
al que han sacado de casa demasiado pronto.
Tiene la misma ilusión por su destino
que yo por una patada en la rodilla.
No le culpo.
A veces yo también soy él.
Si supiera que yo voy a otro país
a que me aprieten los dientes,
igual se reía.
O igual se suicidaba un poco menos
durante el trayecto.
El transporte público funciona.
Eso hay que reconocerlo
Pero aquí se sonríe menos
que con el rubio de Cruz y Raya
A las 6:20 no sonríe nadie.
Ni el conductor.
Yo tampoco.
Preferiría estar entrenando.
O tocándome las pelotas.
O muerto un rato.
Pero las caras que se ven
en cualquier parte del mundo
confirman una cosa:
el problema no es el lugar.
Es el horario.
El caso.
Me voy a China.
Me aprietan los incisivos.
Me duele la boca.
Me doy un paseo.
Hago cuatro fotos.
Y vuelvo.
En transporte público.
Sonriendo lo justo
para no asustar a nadie.

Madrugar para ver fútbol y acabar cruzando fronteras para que te aprieten los dientes es una narrativa vital que no te enseñan en el colegio.
El transporte público funciona, sí, pero las caras no. Eso es universal. A las seis y veinte nadie es buena persona, solo proyectos de humano.
El pitbull madrugador no va a trabajar, va a sobrevivir. Como todos. Con más o menos colmillos.
Ir a China por los incisivos es el nuevo turismo experiencial; viajas, sufres, te duele la boca y encima haces fotos. Completo.
Al final queda claro que el problema nunca es el país ni el transporte ni siquiera el dentista.
El problema es que Dios inventó las mañanas demasiado pronto.
Buen viaje, aprieta…