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Turno de Mañana para Hijos de Puta


Se gastaba el sueldo en la tragaperras.

Bebía DYC con coca.

Y no hablaba con nadie.


Le llamaban Montoro.


Dedos amarillos de apurar el cigarro hasta las uñas.

Dientes negros.

Fofiflaco.


Curraba recepcionando perecederos en un gran almacén.

De cinco a una.

De lunes a sábado.


Horario de madrugón y mala hostia.


Y era un hijo de puta con los repartidores.


Pequeño poder.

Abusón.

Rey del muelle.


Un día cobró de lo lindo.


Y le pasó por gilipollas.

Por creerse algo.


—¿Dónde dejo el camión?

—Te lo puedes meter por el culo mientras esperas a que te llamemos.


El repartidor no dijo nada.


Pero en los ojos llevaba eso.

Lo que se acumula.


Nadie se levanta a las cuatro para aguantar imbéciles.

Ni yo.

Ni tú.

Ni el que reparte pollos.


Lo llamaron.


Aculó el camión.


Y empezó el numerito.


—¿Desde cuándo se descargan los perecederos en bazar?


Gritos.

Desprecio.

Teatro barato de capataz de mierda.


El repartidor bajó.


Y el cuerpo decidió.


Un guantazo.

Luego otro.

Puños cerrados

Hostiazos al pie de la letra.


No fue elegante.

Fue justo.


Montoro cobró.


Por escupir hacia abajo.

Por confundir turno de mañana con derecho a humillar.


Los demás miramos.

Sin intervenir.


Viendo cómo le daban su merecido

a un maltratador con dedos amarillos.


A veces la justicia no lleva toga.


Lleva manos grandes

y huele a pollo crudo.


Nadie lloró por Montoro.


Yo, desde luego, no.


Y hoy me he acordado de esto.

 
 
 

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Miguel, esta entrada huele a muelle de carga, a tabaco negro, a DYC con coca y a pollo crudo a las seis de la mañana. Vamos, literatura de alta cocina industrial.

Me ha hecho gracia —y un poco de miedo— cómo conviertes a Montoro en una especie de villano de almacén: el Darth Vader de los perecederos, pero con dedos amarillos y menos glamour. Ese tipo de personaje que tiene un metro cuadrado de poder y lo usa como si fuera ministro de la galaxia.

La frase “a veces la justicia no lleva toga, lleva manos grandes y huele a pollo crudo” es brutal. Resume perfectamente el tono: cafre, visual y con una especie de justicia poética de polígono industrial.

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