QUE TE DEN POR EL CULO, DON ANTONIO
- Miguelitor

- 28 jun
- 2 min de lectura

Era profesor de matemáticas.
Tenía barba, calvo, pantalones Wrangler y jerseys verdes de pico.
Y daba hostias como panes.
Hoy me he acordado de él hablando con mis alumnos de español.
Lo han flipado.
Don Antonio.
No era buen profesor ni buena persona.
Si fuera de la escuela lo era, allí dentro no.
Empezó con nosotros en cuarto de EGB.
Y al año siguiente, otra vez.
Dos platos de la misma sopa.
Yo sé lo que es aguantar críos.
Es jodido.
Pero también sé lo que es que un adulto te parta la boca.
Eso es injusticia.
En aquellos años la escuela miraba a otro lado.
Y en casa tampoco se decía nada.
Lo que empezó con una colleja suelta acabó en patadas y puñetazos.
Eras un hijo de puta, Don Antonio.
Bufaba antes de atacar.
Como un búfalo.
Se ponía nervioso.
No pegaba porque fuéramos malos.
Pegaba porque era pequeño por dentro.
Tenía ritual.
Invocaba a Dios, decía el apellido del siguiente en cobrar, volvía a invocar a Dios.
Se quitaba el reloj.
Caminaba hacia tu pupitre.
Y tú allí sentado.
Viendo venir al lobo.
Y llegaba la somanta.
Para “educarte”.
Hijodeputa.
No se nos ha olvidado.
También jugaba al frontón.
Como mi padre. Como yo.
Un día coincidimos.
Sonrisa hipócrita.
Saludó a mi padre.
Luego a mí. Por mi nombre. Nunca lo hacía en clase.
Dijo que yo era inteligente.
Pero rebelde a veces.
No dije nada.
Me fui.
Pero entendí algo.
Hay momentos en que tienes que alinear tu orgullo, tus cojones y tu rabia.
Ese día debí darle una patada en los huevos.
Delante de mi padre.
Delante de todos.
Para que se le quitaran las ganas de pegar a niños de diez años.
Que te den por el culo, Don Antonio.
Donde estés.

Miguel, esta entrada duele porque no habla solo de un mal profesor, habla de una época en la que demasiadas cosas se tapaban con silencio. Lo fuerte del texto no es solo la violencia, sino la sensación de indefensión: un niño sentado, viendo venir a un adulto que debería protegerle y que, en cambio, se convertía en amenaza.
Me parece brutal cómo lo cuentas: sin adornos, sin perdón impostado y sin intentar hacer literatura bonita de algo que fue feo. La imagen del reloj, el apellido, el paseo hasta el pupitre y ese “viendo venir al lobo” se queda clavada.
También tiene mucha fuerza esa escena años después en el frontón, cuando ya no estás en clase y él intenta…