No tener claro lo que quiero (y por qué eso es exactamente donde debo estar)
- Miguelitor

- 4 mar
- 2 min de lectura
No tengo claro lo que quiero.
Y empiezo a sospechar que ese es exactamente el lugar correcto para estar.
Si lo tuviera clarísimo demasiado pronto, probablemente sería una idea débil pero cómoda.
Redonda.
Explicable.
Vendible.
Pero lo cómodo casi nunca es profundo.
¿Funcionan las panorámicas?
Sí.
Pero no por ser panorámicas.
Funcionan si aportan significado.
Si solo son un efecto visual llamativo, se convierten en truco.
Si la distorsión habla del concepto, entonces se convierten en lenguaje.
La pregunta no es:
¿Funciona la panorámica?
La pregunta real es:
¿Es necesaria la distorsión para lo que quiero decir?
Si pudiera hacer la misma imagen con un plano normal y no perder nada esencial, entonces la panorámica no está aportando. Está decorando.
Y no quiero decorar.
Mi duda no es debilidad
Sé que exagerar es lo más evidente.
Cara deformada.
Horizonte roto.
Impacto inmediato.
Exagerar es rápido.
Comunica en un segundo.
No exige sutileza.
Pero lo evidente rara vez deja poso.
Impacta.
No permanece.
Y yo no quiero solo impacto.
Estoy entre dos caminos
Ahora mismo siento que estoy atrapado entre dos discursos distintos.
Camino A — Locura visible
Desfiguración.
Distorsión fuerte.
Imagen potente, casi agresiva.
Camino B — Locura invisible
Normalidad aparente.
Micro‑desajustes.
Inquietud lenta.
No son mejores ni peores.
Son formas distintas de entender lo mismo.
El problema no es técnico.
Es conceptual.
Puede que aún no sepa qué es “locura” para mí
¿Es pérdida de identidad?
¿Es desplazamiento?
¿Es ruido mental?
¿Es aislamiento?
¿Es máscara social?
Si no defino eso, cualquier recurso visual será decorativo.
La panorámica no salvará una idea indefinida.
La distorsión no sustituye a la intención.
Lo que realmente me interesa
Hay algo que me inquieta más que la cara deformada:
Todos parecemos normales.
Ahí hay algo.
La normalidad como superficie.
El desajuste como estructura interna.
Quizá la locura no sea romper el rostro.
Quizá sea desplazar el centro.
Que el espectador no sepa dónde anclar la mirada.
Que algo esté fuera de eje aunque nadie grite.
Eso me interesa más que cualquier gesto extremo.
La prueba honesta
Podría hacer dos versiones.
Una exagerada.
Sin miedo.
Desfigurada.
Otra casi invisible.
Donde la incomodidad no se explique fácilmente.
Y dejarlas reposar.
Porque la pregunta no es cuál impacta más.
Es cuál permanece.
La pregunta real
Cuando pienso en la locura, ¿qué siento?
¿Miedo?
¿Tristeza?
¿Curiosidad?
Mi respuesta a eso debería guiar todo.
No la técnica.
No el formato.
No la panorámica.
La emoción.
Si no parto de ahí, estaré construyendo imágenes correctas… pero vacías.
Y ahora mismo prefiero estar confundido antes que estar vacío.

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