(Parte) Capítulo dos. Siempre has sido un gilipollas
- Miguelitor

- 11 jun
- 2 min de lectura

Ya estaba hasta las pelotas de creer en mí.
Me di cuenta de que no valía para nada más que para beber y bailar con las mujeres de otros mientras la mía me esperaba en casa llorando.
Llorar por mí se le daba tan bien
como a mí reírme de ella.
Era un puto alcohólico.
Vivía preocupado por tener birras en la nevera, porros en el bolsillo y un sofá donde tocarme las pelotas sin que nadie me molestara.
Pero yo creía en mí.
Había nacido para triunfar.
Eso me repetía.
Cada día era un día menos para que llegara mi momento.
En cualquier instante aparecería el hada madrina, me tocaría con la varita y pum.
Éxito.
Sin sudar.
Sin disciplina.
Sin pagar el precio.
Yo había nacido para triunfar, sí.
Y esperaba el triunfo sin querer luchar.
Esa enfermedad tiene muchos nombres.
Iluso quijotesco.
Soñador incomprendido.
Artista sensible.
También tiene otro nombre.
Imbécil.
Lo mejor que le puede pasar a un quijotesco de sofá es que le partan la cara.
Que su mujer se pire.
Que se arruine.
O que le dé un infarto.
Porque el dolor quita tonterías de una en una.
Con dos cojones.
Y eso me pasó a mí.
Un infarto me arrancó las birras.
Me arrancó los porros.
Me arrancó las fantasías de héroe de discoteca.
Me enseñó que no existen hadas madrinas cuando te estás tocando la polla en el sofá.
Me explicó, sin metáforas, que si no trabajas duro no te comes una mierda.
Ni libros zen.
Ni Beethoven fumado.
Ni “esta ronda la pago yo”.
Ni jiji.
Ni jaja.
Ni pollas en vinagre.
Creer en ti no es soñar.
Creer en ti es trabajar cuando no te apetece.
Es caerte.
Es levantarte.
Es volver a intentarlo cuando nadie te aplaude.
Lo otro no es fe.
Es autoengaño con banda sonora.
Y yo fui campeón mundial.

Soy yo el que te ha escrito, aunque ponga invitado. Un abrazo Miguel.
Miguel, esta entrada golpea fuerte porque no intenta maquillarse. Tiene algo muy duro, pero también muy honesto: esa forma de mirar atrás y reconocer el autoengaño, la soberbia, el daño hecho y el precio de vivir esperando que la vida cambie sin cambiar uno mismo.
Me parece un texto incómodo, pero precisamente por eso valioso. Porque no habla del triunfo bonito, sino del momento en el que uno se queda sin excusas. Y ahí es donde empieza de verdad la posibilidad de levantarse.
Hay frases muy duras, sí, pero también hay una claridad brutal. Se nota que no escribes desde la pose, sino desde una herida entendida. Y eso hace que el texto tenga mucha fuerza.