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Empapelar el mundo



Rara vez coincido con alguno.

Pero cuando los veo

me acerco.


No por el cartel.


Por ellos.


Hablo de los que empapelan la calle.

Los del cubo.

El cepillo.

La cola blanca.

Los pósters enrollados como si fueran dinamita cultural.


Van pegando capas encima de capas.

Con una soltura que me flipa.


Pim.

Plaf.

Cepillazo.

Siguiente.


Mientras tanto nosotros pasamos por delante como zombis.


Una vez pegados, los carteles desaparecen.

Ya no los vemos.


Estamos empapelados por todos lados.


Publicidad.

Eventos.

Promesas.

Cursos que te cambiarán la vida.

Conciertos que “no te puedes perder”.


Leer todo lo que se nos ofrece sería como leerse Los pilares de la tierra cada día.


Imposible.


Así que dejamos de mirar.

Pero yo miro a los que pegan.

No al papel.

A la actitud.


Hoy he visto a una chavala.

Pequeña.

Metro sesenta raspado.

Cara perfilada.

Guapa sin pedir permiso.

Mechas en el pelo.

Estaba concentrada.


Pegando panfletos encima de otros pósters.

Tapando ruido con su ruido.

Iba con un ukelele.

En la mochila llevaba un mono de peluche que saltaba cada vez que ella se movía.

Y eso ya me pareció punk.


Porque no estaba esperando likes.

Estaba en la calle.

Manchándose las manos.

Promocionando su canción como si fuera lo único importante del mundo.

Cuando me miró, sonrió.

Yo le devolví la sonrisa.


Sin ironía.

Sin superioridad.


Le pregunté qué hacía.

“Quiero que la gente escuche mi nueva canción”, me dijo.


Así.

Sin vergüenza.

Sin plan B.

Y eso me ganó.

Le dije que la escucharía.

Claro que la escucharía.


Solo por estar ahí pegando su música encima del ruido del mundo ya se merece que alguien pare.

Y lo hice.

La escuché.

Y le dije algo más.

Le dije que le iba a hacer la portada del disco.

Con dos cojones.


Porque a veces el talento no está en el algoritmo.


Está en una chica con 100 copias, un rollo de celo y toda una ciudad por recorrer

Empapelar el mundo no es el acto.

El acto es creer tanto en lo tuyo

que te da igual hacerlo desde la acera.


Eso sí lo respeto.

Eso sí lo miro.

Eso sí lo fotografío.


Y esta foto no es su portada.


Es la mía.

La portada del recuerdo.

La portada del día que alguien decidió pegar su sueño en una pared

sin pedir permiso.


Y cada vez que vea esta imagen

me acordaré de ella.

Y de su canción.


Con dos cojones.

 
 
 

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Hay algo muy bonito en esa escena que cuentas: la diferencia entre promocionar algo y creer en algo.

Hoy todo el mundo quiere visibilidad, alcance, algoritmo, métricas… pero casi nadie quiere pasar por la parte más simple y más incómoda: salir a la calle y decir “esto es mío”.

Esa chica no estaba optimizando nada. No estaba analizando datos. Estaba pegando su canción a las paredes de la ciudad con las manos manchadas de cola.

Y eso tiene algo profundamente honesto.

Porque cuando alguien hace eso no está buscando aprobación inmediata. Está diciendo: esto me importa lo suficiente como para defenderlo en la acera.

Me gusta también que no miraras el cartel sino a la persona que lo estaba pegando. Ahí…

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