Dos orejas y el rabo
- Miguelitor

- 23 may
- 1 min de lectura

Acabábamos de salir de San Isidro.
Toros, sol, puro y postureo.
Restaurante Toribio.
Enfrente, Las Ventas.
Madrid año 2006
En la mesa:
Mi jefe, su mujer.
Dos constructores con sus respectivas.
Mi compañero César.
Y yo.
Me habían contratado para sacar conversación.
Para eso valía.
Antes de que llegara el rabo de toro, lo típico.
Vino.
Risas.
Palmaditas en la espalda.
Uno de los constructores empieza a hablar del otro.
Que si hombre íntegro.
Que si de los que se visten por los pies.
Hecho a sí mismo.
Fortuna ganada a pulso.
Un fenómeno.
El otro asentía.
Pecho Palomo
Orgullo de macho ibérico.
Y de repente…Su mujer.
Voz tranquila.
Serena.
Cuchillo fino de postre
Dijo que sí,
que un fenómeno de puertas para fuera.
Pero que en casa...
VICIOS.
PUTAS.
AMANTES.
Y algún que otro guantazo.
Silencio.
Ni el vino respiraba.
El "fenómeno" se hizo pequeño.
Miraba el plato como si fuera un puto agujero para escapar.
Nosotros quietos.
Yo con ganas de reírme.
Porque cuando la tensión es insoportable me entra la risa.
Pero no era el momento.
O quizá sí.
Y entonces César.
Bendito César, mi compañero
Se mira el chaleco y dice:
—Chico… este chaleco me pica por dentro.
Y eso que es de marca.
Qué incómodo estoy…
Ahí exploté.
Dos orejas y el rabo.

Que gran faena !
Es muy de gente como dios manda, ¿verdad? , los toros, los negocios, las fiestas castizas y, claro, todos los vicios posibles pero a escondidas y con la fachada de una mujer por delante, que eso de estar soltero es sospechoso....
Miguel, esto es puro cine castizo. Empieza como una estampa madrileña perfecta: San Isidro, Las Ventas, vino, constructores, postureo y testosterona con puro. Y de repente, en medio de esa liturgia de machos dándose palmadas, entra la mujer con una frase limpia, tranquila, demoledora, y desmonta todo el decorado.
Lo mejor es que no lo cuentas como una gran escena dramática, sino como una anécdota casi taurina: presentación, tensión, silencio, estocada y remate final. El detalle de César con el chaleco es maravilloso porque rompe la incomodidad justo donde ya no cabía más aire. Es humor como válvula de escape.
Y el cierre, “Dos orejas y el rabo”, es perfecto: conecta con San Isidro, con el restaurante, con la humillación…