Capítulo uno. ¨Vas a llegar Fina¨
- Miguelitor

- 29 may
- 3 min de lectura

Fue justo antes de desayunar cuando me fumé el porro. No lo necesitaba, pero los nervios por la boda hicieron que saliera a la azotea a mirar la ciudad que tantas veces había visto desde ahí. El sol me dio la bienvenida con una ligera brisa y algún que otro pájaro piaba muy cerca de mí. Las sábanas del vecino se movían con el viento y olían a suavizante. Me llegaba el olor.
Subí con la cámara de fotos para la foto del día, hábito que repetía desde que empecé mi diario, y quise fotografiar ese olor en blanco y negro. Luego me senté, me quedé mirando la ciudad, el cielo, y saqué el tabaco de liar, desmigajé la maría mientras mezclaba y lié. Me pasé con la hierba pero me dio igual, hizo que me viniese a la mente la frase de mi hermano Carlos. Porro mañanero da por el culo al día entero. Miré al cielo, sonreí y le brindé la primera calada.
Quedaban pocas horas para mi boda y mi madre, mis hermanas y mi cuñada iban a venir a vestirme, peinarme y maquillarme. Me daba pereza imaginarlas llegar con esa alegría impostada. Esa felicidad teatral que se activa cuando alguien cambia de vida.
Yo solo quería estar con José, casarme, y no pensar en ceremonias, banquetes, viva los novios, el que se besen, saludar a todo quisqui y mucho menos a gente que no conociera. Sonreír al salir de la iglesia mientras te tiran arroz. Puff, qué pereza, Virgen Santa.
Me hice un autorretrato, seria, más bien triste, con el porro en la boca mientras expulsaba una gran cantidad de humo. Fue inevitable toser; entre otras cosas, no solo metí demasiado humo en los pulmones, sino que me dio por reír.
"Vas a llegar fina a tu boda", me dije.
Llevaba una camiseta blanca sin mangas y la brisa endureció mis pezones. Me puse ante el muro blanco del cuarto de la lavadora, el pelo negro alborotado y sin peinar. La foto quedó brutal. Volví a reír. La marihuana estaba haciendo su efecto.
Me hizo gracia pensar que esa foto la pondría en el salón de casa y no la típica imagen de boda con el novio, los dos sonrientes. Me gustó la idea. Imaginé la cara de mi madre cuando viniera a mi casa y la viera colgada. Estaba decidida a ponerla; seguro que lo haría. Quise mandar un mensaje a José para decírselo, pero aborté la idea por si acaso eso de estar en contacto en las horas previas daba mala suerte. Malditas supersticiones de mierda.
Miré el anillo en mi dedo y sonreí. El diamante pequeño brillaba con el sol de la mañana. José lo había escogido, y eso me conmovía. El anillo quedaba bien en mis dedos largos, pero no sé si era mi estilo y tenía muy claro que tampoco era el estilo de José. Volví a sonreír.
Habría preferido algo más básico. De esos anillos de puesto callejero, cuatro alambres mal doblados. Es el simbolismo, no el precio. Me lo quité y me lo volví a poner. Relucía el cabrón. Debe valer una pasta, pensé.
Se me ocurrió fotografiarlo en el cenicero donde había un par de chustas, colillas y ceniza de las noches anteriores, junto al chivato de la marihuana, la bolsa de tabaco de liar, el papel de fumar y el vaso de agua medio vacío que había subido a la azotea.
"Naturaleza muerta", me dije. Volví a reírme y grité a la ciudad:
—¡Naturaleza muerta!
Me encantaba la sensación de estar fumada por la mañana, pero sabía que no era buena idea.
Pegué otra calada, dejé que se apagase el porro y lo guardé. Mejor dosificar. El día iba a ser largo.
Desde dentro escuché el timbre.
Mierda.

Miguel, esta entrada tiene algo muy potente: parece escrita desde una voz que no busca explicarse, sino simplemente existir durante unos minutos antes de que el mundo entre por la puerta.
Me gusta mucho cómo construyes la escena desde lo cotidiano: la azotea, las sábanas del vecino, el olor a suavizante, la brisa, el tabaco, la cámara. Todo parece tranquilo, casi íntimo, pero debajo hay una tensión enorme: la boda, la familia, la ceremonia, las expectativas, esa felicidad social obligatoria que a veces pesa más que alegra.
No sé si hablas de alguien concreto, de un personaje o de una voz inventada, pero funciona muy bien precisamente por eso. Hay verdad emocional aunque no sepamos quién está hablando. Esa mujer…